La primera fotografía de un eclipse solar (1851)

Durante siglos, los eclipses solares fueron fenómenos que solo podían contemplarse durante unos pocos minutos antes de desaparecer. Pero en el siglo XIX, la recién nacida fotografía abrió una posibilidad fascinante al conseguir que uno de estos acontecimientos quedara registrado para siempre. El 28 de julio de 1851, el fotógrafo Johann Julius Friedrich Berkowski hizo historia al obtener la primera fotografía conocida de un eclipse solar total.

El escenario fue el Observatorio Real de Königsberg, en la entonces Prusia, una ciudad que hoy conocemos como Kaliningrado. Berkowski era un daguerrotipista local y trabajó con los astrónomos del observatorio para intentar inmortalizar el momento en que la Luna ocultara por completo al Sol.

La tarea no era sencilla. La fotografía se encontraba todavía en sus primeros años y el procedimiento utilizado, el daguerrotipo, necesitaba exposiciones relativamente largas. Además, un eclipse total apenas dura unos minutos y presenta un enorme contraste entre el oscuro disco lunar y la tenue corona solar.

Para conseguir la imagen, Berkowski utilizó un pequeño telescopio refractor de unos 6 centímetros de diámetro, acoplado a un heliómetro Fraunhofer de 15,8 centímetros. Poco después de comenzar la totalidad realizó una exposición de 84 segundos, suficiente para registrar la silueta de la Luna y, alrededor de ella, la delicada estructura de la corona solar.

El resultado puede parecer modesto comparado con las espectaculares fotografías de eclipses que conocemos actualmente. La imagen es pequeña, granulada y carece de los detalles que hoy pueden obtenerse con cámaras digitales, sin embargo, en 1851 supuso un auténtico acontecimiento. Por primera vez, la fugaz apariencia de un eclipse total había quedado registrada de forma permanente.

La fotografía también tuvo importancia científica. La corona solar, que durante siglos solo podía ser observada directamente durante los breves minutos de un eclipse total, podía ahora ser estudiada mediante una imagen. A partir de entonces, la fotografía comenzó a convertirse en una herramienta cada vez más importante para la astronomía.

Curiosamente, Berkowski no fue el primero en fotografiar el Sol. En 1845, los físicos franceses Louis Fizeau y Léon Foucault ya habían conseguido un daguerrotipo del disco solar que mostraba incluso algunas manchas solares. Pero tuvieron que pasar seis años más para que alguien lograra enfrentarse con éxito al desafío mucho mayor de fotografiar por primera vez un eclipse total.

La primera fotografía de un eclipse solar - 1851

La primera fotografía de un eclipse solar (1851) - Berkowski

Antiguo aviso de "cuidado con el perro" de hace 2.000 años

A la entrada de una casa romana, hace casi 2.000 años, los visitantes se encontraban con una advertencia bastante clara: "Cave canem", es decir, "Cuidado con el perro". No estaba escrita en un cartel ni grabada en una placa, sino que formaba parte de un espectacular mosaico que representa a un perro negro encadenado, preparado para defender la vivienda, situado en el suelo de la entrada de la llamada Casa del Poeta Trágico, en Pompeya.

Descubierta durante las excavaciones de Pompeya en el siglo XIX, la Casa del Poeta Trágico recibió este nombre por los mosaicos y pinturas relacionados con escenas teatrales encontrados en su interior. Aunque la vivienda no era especialmente grande, estaba decorada con notable riqueza y ofrece una interesante imagen de cómo podía ser una casa acomodada romana.

Pero el famoso perro de la entrada no era simplemente un elemento decorativo. Su posición, representado detrás de una cadena, parece tener precisamente la función de advertir y disuadir a los visitantes. El mosaico transformaba así el suelo de la entrada en una especie de antiguo sistema de seguridad.

Lo curioso es que la advertencia "Cave canem" no era necesariamente una frase exclusiva de aquella casa, ya que se han encontrado otros mosaicos con perros guardianes e inscripciones similares en el mundo romano.

Mosaico romano de Cuidado con el perro - Cave Canem

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Antes de que existieran organizaciones dedicadas a registrar récords como el Guinness World Records, algunas personas ya alcanzaban fama internacional debido a sus extraordinarias características físicas. Uno de los casos más llamativos es el de Henry Behrens, considerado durante décadas el hombre más pequeño del mundo. Con apenas 76 centímetros de altura (30 pulgadas), este diminuto artista recorrió Europa y América, convirtiéndose en una auténtica celebridad de los espectáculos de variedades de la primera mitad del siglo XX.

Aunque durante años circularon numerosas historias sobre sus orígenes, hoy se sabe que Henry Behrens nació hacia 1895 en Brasil, en el seno de una familia de ascendencia alemana. Los detalles de su infancia son escasos y en ocasiones contradictorios, algo habitual en las biografías de muchos artistas de feria de la época. Lo que sí está bien documentado es que su excepcional estatura le abrió las puertas del mundo del espectáculo cuando aún era muy joven.

Su carrera artística comenzó después de ser descubierto por el empresario británico Burton Lester, quien vio en él una gran atracción para sus espectáculos itinerantes. Con sus 76 centímetros de altura y apenas 15 kilos de peso, Behrens empezó a actuar en teatros, circos y salas de variedades de Europa y Estados Unidos, donde era anunciado como "The World's Smallest Man". El público acudía por miles para contemplar a aquel hombre cuyo tamaño apenas superaba el de un niño pequeño.

Sin embargo, Henry no basó su éxito únicamente en su reducido tamaño. Era un artista carismático, con gran facilidad para relacionarse con el público, y dominaba cuatro idiomas, una habilidad poco común que le permitía desenvolverse con naturalidad durante sus giras internacionales. Sobre el escenario era conocido con el nombre artístico de "Colonel Peewee", personaje con el que realizaba actuaciones llenas de humor y simpatía.

Fuera de los focos, Behrens llevó una vida relativamente tranquila. En 1932 contrajo matrimonio con Emmie Behrens, una mujer nacida en Leeds (Inglaterra) que medía aproximadamente un metro de altura. La pareja se instaló en la localidad costera de Worthing, en el condado de West Sussex, donde residieron durante muchos años. 

Durante su carrera concedió numerosas entrevistas y posó para infinidad de fotografías y tarjetas postales, algunas de las cuales siguen conservándose en la actualidad. En ellas suele aparecer junto a personas de estatura media, lo que permite apreciar el extraordinario contraste de tamaño que tanto fascinaba al público de la época. 

Aunque posteriormente otras personas han ostentado oficialmente el título de hombre más pequeño del mundo, Henry Behrens continuó realizando apariciones públicas durante buena parte de su vida y siguió siendo una figura muy popular y emblemática entre los aficionados al circo y al vodevil, hasta que falleció en 1961. 

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografías de Henry Behrens, el hombre más pequeño del mundo

Fotografía de la valla de Melilla en los años 70

Antes de convertirse en una compleja infraestructura fronteriza, la valla de Melilla era muy distinta décadas atrás. En los años 70 apenas existía una barrera física continua entre la ciudad española y Marruecos. En muchos tramos, la separación consistía simplemente en una modesta alambrada metálica o una cerca de baja altura, suficiente para marcar el límite fronterizo, pero lejos de impedir el paso de personas.

Durante aquella década, la realidad de la frontera era muy diferente a la actual. El tránsito diario de trabajadores marroquíes, comerciantes y habitantes de ambos lados era habitual, y la presión migratoria hacia Europa aún no había alcanzado las dimensiones que aparecerían años después. En algunos puntos, la valla apenas superaba el metro de altura y podía franquearse con relativa facilidad, si bien la frontera estaba constantemente vigilada por el ejército, quienes disponían por entonces de medios técnicos muy limitados.

La situación comenzó a cambiar a finales de los años 80 y, sobre todo, durante la década de 1990. El aumento de la inmigración irregular y el papel de España como frontera exterior de la Comunidad Europea llevaron a reforzar progresivamente el perímetro de Melilla. La sencilla alambrada fue sustituida por vallados cada vez más altos y resistentes, acompañados de sistemas de vigilancia, cámaras y otros elementos de seguridad.

Fotografía de la valla de Melilla en los años 70