Durante la década de 1940, Cuba vivía una etapa marcada por fuertes contrastes. Desde el exterior, especialmente desde Estados Unidos, la isla era percibida como un lugar moderno, animado y próspero, con una capital vibrante y una intensa vida cultural y nocturna. La Habana se consolidó en esos años como un importante centro turístico del Caribe, conocida por sus hoteles de lujo, sus casinos y sus cabarets, que atraían a visitantes extranjeros en busca de ocio y entretenimiento.
En el plano político, la aprobación de la Constitución de 1940 supuso un avance significativo, al reconocer derechos laborales y sociales poco comunes en la región. Aun así, los gobiernos que se sucedieron durante la década estuvieron lastrados por la corrupción, el clientelismo y la debilidad institucional, lo que generó un creciente desencanto entre amplios sectores de la población. Aunque Cuba seguía siendo formalmente una democracia, la confianza en el sistema era frágil.
La economía cubana dependía casi por completo del azúcar, principal motor del país y eje de su relación con Estados Unidos. Este modelo permitió ciertos niveles de crecimiento, pero concentró la riqueza en pocas manos y dejó a gran parte de la población rural en situación de precariedad. Mientras La Habana mostraba signos de modernidad y abundancia, impulsados en gran parte por el turismo, el juego y la inversión extranjera, el campo sufría pobreza, desempleo estacional y un acceso muy limitado a servicios básicos.
En la vida cotidiana, esta desigualdad era evidente. Las ciudades, especialmente la capital, disfrutaban de cines, casinos, cabarets, turismo y una vida nocturna famosa en todo el Caribe, mientras que en las zonas rurales persistían el analfabetismo y las malas condiciones de vida. Esta brecha social, unida a la dependencia económica y al malestar político, convirtió los años 40 en una etapa de aparente calma, pero cargada de tensiones que desembocarían años más tarde en la Revolución cubana, iniciada formalmente en 1953 con el asalto al Cuartel Moncada y culminada en 1959 con la llegada de Fidel Castro al poder.




























