En el otoño de 1971, cuando Ibiza todavía era un refugio de hippies, artistas y viajeros, mucho antes de convertirse en la capital mundial de la música electrónica, ocurrió uno de los experimentos arquitectónicos más insólitos del siglo XX. Durante apenas unas semanas, en la cala de Sant Miquel, surgió una auténtica ciudad inflable construida casi de la nada. Se llamó Instant City (Ciudad Instantánea) y, aunque hoy es poco conocida, fue una de las propuestas de arquitectura efímera más audaces jamás realizadas.
La iniciativa nació con motivo del VII Congreso del Consejo Internacional de Sociedades de Diseño Industrial (ICSID), que reunió en Ibiza a diseñadores, arquitectos y estudiantes de todo el mundo. El objetivo del proyecto era intentar solucionar el problema de vivienda para muchos jóvenes que no podían permitirse alojarse en los hoteles de la isla. La solución fue tan sencilla como revolucionaria: construir una ciudad temporal que pudiera levantarse, habitarse y desmontarse sin dejar apenas huella.
El proyecto fue impulsado por los entonces jóvenes arquitectos Carlos Ferrater y Fernando Bendito, con el diseño del visionario arquitecto español José Miguel de Prada Poole, uno de los grandes especialistas en arquitectura neumática.
La ciudad se construyó utilizando alrededor de 15.000 metros cuadrados de láminas de PVC, unidas mediante cerca de un millón de grapas. En lugar de edificios convencionales, las viviendas eran módulos inflables conectados entre sí mediante pasillos neumáticos que formaban una auténtica red urbana. El conjunto disponía de dormitorios, espacios comunes, un centro sanitario, zonas de reunión e incluso una "calle principal" de la que partían otras vías secundarias, como si se tratara de una pequeña ciudad tradicional.
Lo más llamativo era que sus propios habitantes participaban en la construcción. Al llegar a Ibiza recibían instrucciones, herramientas básicas y materiales para fabricar su propio alojamiento. La ciudad crecía casi como un organismo vivo, adaptándose continuamente a las necesidades de quienes la ocupaban. Esta forma de construcción colaborativa resultó extraordinariamente innovadora para la época.
El ambiente que se respiraba allí era inseparable del espíritu de comienzos de los años setenta. La contracultura, el movimiento hippie, los festivales al estilo de Woodstock y la experimentación artística impregnaban el proyecto. Más que un simple campamento, la Instant City se convirtió en un laboratorio donde se ensayaban nuevas formas de convivencia, diseño y participación colectiva. No faltaron conciertos, debates, intervenciones artísticas y encuentros entre personas llegadas de numerosos países.
Sin embargo, como indicaba su nombre, aquella ciudad estaba destinada a ser efímera. Tras algo más de un mes de actividad, las estructuras se desinflaron cuidadosamente y fueron desmontadas. El terreno quedó prácticamente igual que antes de comenzar la aventura, un objetivo muy poco habitual en una época en la que apenas se hablaba de sostenibilidad o impacto ambiental.
Aunque desapareció físicamente en 1971, la Ciudad Instantánea de Ibiza continúa siendo un referente para arquitectos y urbanistas. Durante apenas unas semanas, una playa del norte de la isla acogió una ciudad hecha casi únicamente de aire, plástico e imaginación. Una ciudad que desapareció sin dejar edificios... pero que dejó una profunda huella en la historia de la arquitectura contemporánea.



















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